ECONOMÍA · HIGH
Red eléctrica saturada frena 100 proyectos industriales en México
Monte Mikle, CEO de M2Energy, advirtió que los tiempos de espera de 18 a 36 meses para nuevos suministros ponen en riesgo inversiones que podrían migrar a Centroamérica o al sur de Estados Unidos.

Más de 100 proyectos de expansión empresarial están detenidos en México por falta de infraestructura de transmisión y distribución eléctrica, no por falta de generación. Los tiempos de espera de 18 a 36 meses para nuevos suministros amenazan con ahuyentar inversiones hacia Centroamérica o el sur de Estados Unidos. La industria consume 74% de la electricidad del país y compite con vivienda, comerci
La red eléctrica mexicana se está convirtiendo en el cuello de botella de la inversión industrial. Más de 100 proyectos de expansión empresarial permanecen detenidos por la imposibilidad de obtener suministro eléctrico en tiempos competitivos, y los tiempos de espera de 18 a 36 meses para nuevas conexiones ponen en riesgo que esas inversiones migren a Centroamérica o al sur de Estados Unidos. Así lo planteó Monte Mikle, presidente y CEO de la consultora M2Energy, durante la 51 Convención Nacional de Index, donde advirtió que el problema no está en la generación de megawatts sino en las redes que llevan la electricidad hasta las plantas.
El diagnóstico importa porque desplaza el debate energético del terreno de la producción al de la infraestructura de transmisión y distribución, un eslabón menos visible pero igualmente decisivo. Durante 2026, más de 20 estados registraron cortes en el suministro eléctrico, y los proyectos detenidos se concentran en el Bajío, el noroeste y el noreste del país, las regiones que concentran la mayor parte de la inversión industrial reciente y de la relocalización de cadenas productivas.
El mecanismo: una red compartida y saturada
La industria absorbe 74 por ciento de la electricidad del país, pero compite por la misma capacidad con la vivienda, el comercio y los centros de datos, actividades que también crecen. La demanda eléctrica avanza a un ritmo superior al previsto por el Gobierno federal, de modo que la red debe repartirse entre actividades que cada vez requieren más energía. El resultado es una saturación que no se resuelve con más generación, sino con obras de transmisión y subestaciones que tardan años en construirse.
El costo lo absorben, en primera instancia, las empresas que no pueden ampliar plantas ni instalar nuevas líneas: pierden ventanas de mercado y competitividad frente a otros destinos. Pero el efecto se traslada también a los trabajadores que no se contratan en esos proyectos detenidos y a los territorios que dejan de recibir la derrama de inversión. El riesgo de fuga de inversiones hacia Centroamérica o el sur de Estados Unidos no es una amenaza abstracta: es la consecuencia lógica de que un competidor ofrezca conexión eléctrica en meses y México la ofrezca en años.
Mikle reconoció los anuncios federales para fortalecer la infraestructura eléctrica, pero cuestionó su cumplimiento: durante el año pasado únicamente se ejerció 35 por ciento del presupuesto anunciado para ese fin. Ese dato es el punto más delicado de la advertencia, porque sugiere que el margen de acción del gobierno no depende solo de la voluntad de invertir, sino de la capacidad efectiva de ejecutar el gasto en obra eléctrica. Si el presupuesto anunciado no se ejerce, la brecha entre demanda y red se amplía cada año.
La lectura
El episodio revela un desajuste entre el discurso de atracción de inversiones y la infraestructura que debería sostenerlas. La relocalización de cadenas productivas se presenta como una oportunidad histórica para México, pero sin redes eléctricas suficientes esa oportunidad se convierte en una lista de proyectos congelados y en una invitación para que otros países capturen la inversión. El gobierno conserva margen: puede acelerar la ejecución presupuestal, priorizar subestaciones en los corredores industriales del Bajío y el norte, y facilitar esquemas de autoconsumo y cesión de capacidad entre empresas, como propuso Mikle, con el límite de 20 megawatts para autoconsumo y el aprovechamiento de excedentes en subestaciones.
El efecto cotidiano comprobable es doble: cortes de luz más frecuentes en más de 20 estados, que afectan tanto a hogares como a plantas, y una red que se reparte entre usos crecientes. Para el lector común, la electricidad deja de ser un servicio estable para volverse un factor de incertidumbre; para el inversionista, se vuelve un criterio de localización. La pregunta ya no es si México tiene energía, sino si puede llevarla a donde se necesita y a tiempo.
Qué sigue
La evidencia disponible no permite saber cuántos de los 100 proyectos detenidos tienen fecha de reactivación ni cuánto representan en inversión total, un dato que falta para dimensionar la magnitud económica del freno. Tampoco precisa qué obras federales están en curso ni su calendario. Lo verificable es que la presión sobre la red seguirá creciendo con la llegada de nuevas inversiones y con la expansión de centros de datos, y que el cumplimiento del presupuesto eléctrico será el indicador más directo para saber si el cuello de botella se desahoga o se estrecha.
