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El Pentágono aprueba probar el arma de calor contra migrantes en la frontera
Dispara haces invisibles de calor a más de 800 metros. Su prueba reabre el debate sobre la militarización de la frontera y los límites de lo 'no letal'.
El Pentágono aprobó probar el Sistema Activo de Negación en la frontera con México: un arma montada en vehículos militares que proyecta haces invisibles de calor electromagnético a más de 800 metros para disuadir el cruce de migrantes. La tecnología lleva dos décadas en desarrollo, nunca se usó en combate y ahora se evalúa sobre personas que no pueden consentir ni negarse.
El Pentágono aprobó probar en la frontera entre Estados Unidos y México el Sistema Activo de Negación (ADS, por sus siglas en inglés), un arma montada en vehículos militares que proyecta haces invisibles de energía electromagnética capaces de provocar una sensación de calor extremo a más de 800 metros de distancia. El objetivo declarado es disuadir el cruce de migrantes.
El dispositivo no dispara proyectiles ni gases. Emite ondas milimétricas —el sistema que el programa de armas no letales del Ejército estadounidense ha documentado opera en la banda de los 95 gigahercios— que penetran apenas una fracción de milímetro de la piel. Ese contacto calienta la capa más superficial del cuerpo y produce un dolor agudo e inmediato sin herida visible a simple vista. La lógica es conductual: que la persona se retire por sí misma antes de que el haz le alcance de forma sostenida.
El ADS no es una tecnología nueva: es una tecnología que llevaba años esperando un uso. Fue desarrollada hace más de dos décadas dentro del programa de armas no letales del Pentágono. Se ofreció para Afganistán en 2010, de acuerdo con reportes públicos, y nunca llegó a emplearse en combate. También se evaluó en años anteriores para tareas de control migratorio y seguridad fronteriza, sin que se concretara un despliegue operativo. Que ahora se autorice probarla en la frontera no responde a un salto tecnológico, sino a una decisión política sobre dónde y contra quién se utiliza.
Que un arma sea catalogada como "no letal" no la vuelve inocua. El propio concepto admite un margen de error: la distancia, la ropa, el tiempo de exposición, el estado de salud previo de la persona alcanzada y la dificultad de calcular la dosis en tiempo real son variables que ningún protocolo resuelve por completo. El Comité Internacional de la Cruz Roja ha advertido durante años sobre los riesgos de estos sistemas cuando se aplican a personas que no pueden retirarse rápido, que cargan niños o que se encuentran en condición de vulnerabilidad física. Un haz de calor que no se ve no permite saber cuándo se está recibiendo de más.
La prueba se hará sobre personas que no pueden consentir ni negarse. A diferencia de un soldado o un voluntario en un ensayo controlado, quien cruza la frontera no elige ser sujeto de evaluación tecnológica. Tampoco tiene forma de identificar el vehículo, la distancia del disparo ni el responsable de una lesión. Esa asimetría es la objeción de fondo: el ADS no se probaría en un polígono, sino en un terreno donde la población objetivo está en situación irregular, sin acceso a reclamación ni a registro médico verificable.
La frontera opera desde hace años como laboratorio de tecnologías de control. Muros, sensores sísmicos, drones, torres de vigilancia y despliegues militares se han ensayado ahí antes de normalizarse en otros espacios. El ADS se inscribe en esa lógica y abre una pregunta incómoda: si la prueba resulta satisfactoria para el Pentágono, la siguiente discusión será su adopción por agencias civiles de control migratorio, con lo que un arma de origen militar quedaría integrada a la rutina de una patrulla fronteriza.
El costo político no es menor. La relación bilateral con México se ha construido sobre un entendimiento, siempre tenso, de que la gestión migratoria es un asunto de aplicación de la ley y no de defensa. Un arma desarrollada para campos de batalla cambia la naturaleza del interlocutor y del terreno. Organizaciones de derechos humanos ya han anticipado litigios y solicitudes de información sobre el protocolo de pruebas; el Congreso estadounidense tiene margen para exigir los informes de evaluación y las condiciones de supervisión médica.
Lo que hay que observar de aquí en adelante es si la prueba llega acompañada de transparencia o de opacidad. Cuatro puntos concretos: si se publica el protocolo operativo y los criterios de suspensión; si existe supervisión médica independiente y registro de lesiones; si el gobierno de México fija una postura pública o deja pasar el asunto; y si el Congreso condiciona la ampliación del programa a resultados verificables. Mientras esos datos no existan, lo único confirmado es que el Pentágono decidió llevar a la frontera un arma invisible, silenciosa y diseñada para doler.