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RUTA 27 · MEDIUM

Doble nacionalidad: jurista advierte choque de la reforma con diputaciones migrantes

Javier Martín Reyes sostiene que exigir la renuncia a otro pasaporte es un requisito de imposible cumplimiento en México y que la iniciativa no toca los riesgos reales a la soberanía.

Ilustración editorial de Ruta 27 sobre Congreso y reglas electorales
Ilustración editorial de Ruta 27; no representa una fotografía del acontecimiento.
EN 30 SEGUNDOS

El jurista Javier Martín Reyes criticó en el programa Ciudad la reforma constitucional que restringiría a personas con doble nacionalidad el acceso a cargos de elección popular. Sostuvo que exigir la renuncia a otro pasaporte es jurídicamente inviable, porque la ciudadanía mexicana es irrenunciable, y que contradice a las diputaciones migrantes. El debate ocurre con el proceso electoral rumbo a 20

Javier Martín Reyes puso el dedo en la contradicción central de la reforma constitucional que busca cerrar los cargos de elección popular a quienes tienen doble nacionalidad: exigir la renuncia a otro pasaporte es un requisito que el propio sistema jurídico mexicano no permite cumplir. Cuando el filtro de elegibilidad pide un acto imposible, deja de ser una regla y opera, en la práctica, como una exclusión.

El jurista desarrolló el argumento en la emisión del 12 de octubre del programa Ciudad, donde sostuvo que la iniciativa arrastra "severas deficiencias jurídicas". Su objeción es técnica y tiene consecuencias políticas: la ciudadanía es irrenunciable en ordenamientos como el mexicano o el argentino, de modo que quien nació en México y además porta otra nacionalidad no puede desprenderse de la primera ni aunque quiera. La norma no seleccionaría a los "más comprometidos": seleccionaría por un rasgo del que el aspirante no puede separarse.

El segundo señalamiento apunta a la arquitectura de la representación. La medida contradice avances como las diputaciones migrantes, concebidas para que los connacionales en el extranjero tengan voz en el Congreso. Penalizar por el pasaporte que se porta golpea justamente al universo que esas figuras buscan representar, y lo hace cuando la organización de los mexicanos en el exterior dejó de ser un apéndice simbólico del sistema.

En seguridad y soberanía el jurista fue más filoso: dijo que la iniciativa no atiende los riesgos reales a la soberanía —los ligados a nexos con el crimen organizado— y que funciona principalmente como una distracción narrativa orientada a monopolizar el discurso de defensa de la patria.

Los huecos del expediente

La evidencia disponible tiene un límite claro: no identifica al autor de la propuesta, su estado en el proceso legislativo ni los artículos que toca. Sin el texto no es posible saber qué cargos quedarían cubiertos —presidencia, gubernaturas, congresos, ayuntamientos—, cuántas personas quedarían fuera ni si existe dictamen. Cualquier afirmación sobre a quién beneficia o perjudica materialmente la reforma queda, por ahora, en el terreno de la hipótesis.

La lectura política

La función práctica de un movimiento así no se mide por su viabilidad técnica, sino por el ordenamiento del debate que produce. Una reforma de este tipo coloca la nacionalidad en el centro de la conversación y desplaza el eje de la seguridad pública: en lugar de discutir controles, inteligencia y vínculos con el crimen organizado, se discute el pasaporte. Ese desplazamiento tiene destinatario —el electorado que asocia soberanía con frontera y con símbolos— y tiene costo: quien impulse el candado se expone a perder margen entre comunidades binacionales y votantes en el exterior.

Hay un incentivo adicional que conviene nombrar sin exagerar. Si el requisito se aprobara en términos amplios y antes de que cerrara el registro de candidaturas, tendría el efecto de acotar el universo de aspirantes. Eso no equivale a decir que la reforma esté diseñada contra alguien en particular: para sostenerlo haría falta conocer el texto, a sus promotores y el padrón de afectados. Lo que sí puede afirmarse es que la restricción, tal como la describe la crítica, funciona como un candado de elegibilidad, no como una medida de seguridad.

La vía es estrecha. Una reforma constitucional requiere dos terceras partes de los integrantes presentes en cada cámara y el aval de la mayoría de los congresos locales. Y si la discusión se prolonga ya iniciado el proceso electoral federal 2026-2027, el principio de irretroactividad de las normas electorales apunta a que sus efectos difícilmente alcanzarían la jornada de junio de 2027: la reforma llegaría, en el mejor de los casos, a tiempo para el ciclo siguiente.

Qué sigue

El siguiente dato verificable es el texto de la iniciativa y su turno en comisiones: ahí se sabrá si la propuesta es de partido, de bancada o de autoría dispersa, y qué cargos cubre. Después vienen dictamen, votación calificada y, en su caso, congresos locales. En paralelo, el proceso electoral 2026-2027 sigue su curso, con la renovación de la Cámara de Diputados en junio de 2027. Habrá que observar si el argumento de Martín Reyes se convierte en posición formal de alguna bancada o si queda como debate académico sin traducción legislativa.