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El océano pierde un 6% de su capacidad de absorber CO2 y alimenta el calentamiento
Un informe de la ONU publicado antes de la COP31 advierte que el debilitamiento de este sumidero deja más carbono en la atmósfera y reclama proteger los ecosistemas marinos.

La ONU estima que el océano ha reducido cerca de un 6% su capacidad de absorber CO2 por el cambio climático. El informe, publicado antes de la COP31, advierte que esto retroalimenta el calentamiento global y pide reforzar la observación y restaurar manglares, marismas y praderas marinas. También alerta de que las tecnologías de captura marina no deben sustituir la reducción de emisiones.
El océano, uno de los principales reguladores del clima, está perdiendo su capacidad para absorber dióxido de carbono (CO2). Un informe de Naciones Unidas publicado el 29 de octubre de 2026, en vísperas de la COP31, estima que esa capacidad ya ha disminuido cerca de un 6% debido al cambio climático. El dato no es menor: el océano absorbe alrededor del 30% de las emisiones humanas de CO2 y el 90% del exceso de calor atrapado por los gases de efecto invernadero. Si ese servicio se debilita, más carbono permanece en la atmósfera y se acelera el calentamiento global, creando un círculo vicioso que afecta a todo el planeta.
El estudio, fruto de una colaboración entre el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la secretaría de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que coorganiza la COP31 en noviembre, pone de relieve los riesgos de este debilitamiento. El aumento de las temperaturas y las alteraciones de la química, la circulación y los ecosistemas marinos reducen la capacidad del océano para absorber y almacenar carbono. Como consecuencia, una mayor parte del CO2 queda en la atmósfera, lo que alimenta aún más el calentamiento. Sara Traerup, autora principal del informe, advirtió a Noticias ONU que esta tendencia "puede muy probablemente acelerarse" en un futuro próximo.
La lectura
El océano ha prestado durante mucho tiempo un servicio inmenso en materia de clima, pero ese servicio está sometido a una presión creciente. La falta de datos fiables sobre el carbono oceánico sigue siendo uno de los principales obstáculos para gestionar y proteger este sumidero. Las lagunas son especialmente importantes en el océano Austral, el Índico y el Ártico, así como en numerosas zonas costeras. "En la actualidad no disponemos de información completa sobre el océano, y lo que no conocemos no podemos gestionarlo ni protegerlo", subrayó Traerup. El informe recomienda movilizar ciencia, tecnologías, datos y saberes locales para comprender mejor estos sistemas y preservar su capacidad de almacenar carbono.
El PNUMA examina tres categorías de tecnologías relacionadas con el clima oceánico. La primera es la vigilancia: sistemas de observación, sensores, infraestructuras de datos y modelos para seguir la evolución del océano y del carbono que absorbe. Estas tecnologías son las más avanzadas y figuran entre las necesidades más urgentes. La segunda abarca los ecosistemas de "carbono azul", como manglares, praderas marinas y marismas, que ya captan unos 407 millones de toneladas de CO2 al año. Su restauración podría aumentar ese almacenamiento y, al mismo tiempo, proteger los litorales, favorecer la biodiversidad y sostener los medios de subsistencia de las poblaciones costeras. La tercera son los métodos de eliminación de CO2 en medio marino, que buscan extraer el CO2 de la atmósfera y almacenarlo de forma duradera, pero que siguen rodeados de incertidumbres y requieren más investigación, seguimiento y regulación. "No debemos considerar las tecnologías oceánicas como un atajo", advirtió Traerup. Estas soluciones deben complementar la reducción de emisiones y la protección de los ecosistemas, nunca sustituirlas.
El informe también pone el foco en los pequeños Estados insulares en desarrollo, responsables de menos del 1% de las emisiones mundiales pero "en primera línea frente a los impactos sobre los océanos y el clima", según Traerup. El texto pide facilitarles acceso a financiación, transferencia de tecnologías y fortalecimiento de capacidades para que puedan desarrollar soluciones adaptadas a sus realidades. Seychelles ofrece un ejemplo de mecanismo innovador: en 2015 alcanzó un acuerdo de conversión de deuda por conservación de la naturaleza, reestructurando parte de su deuda externa a cambio de compromisos de protección marina, lo que permitió crear un fondo fiduciario dedicado a los océanos, la resiliencia climática y la economía azul. En el Pacífico, Fiyi, Papúa Nueva Guinea, las Islas Salomón y Vanuatu han recibido apoyo para cartografiar sus praderas marinas y manglares y medir el carbono que almacenan; más de 100 personas han sido formadas en evaluación de carbono azul. El informe insiste en tener en cuenta los conocimientos de las comunidades locales y los pueblos indígenas: "Las comunidades hacen frente al cambio climático desde hace muchísimos años", recordó Traerup.
Qué sigue
La COP31, que se celebra en noviembre, será el escenario inmediato para medir la respuesta política a esta advertencia. El informe llega en un momento clave para que los países discutan cómo reforzar la observación oceánica y la protección de los sumideros marinos. La comunidad científica y los Estados insulares presionarán para que se incluyan compromisos concretos en la declaración final. Queda por ver si las negociaciones traducen la alerta en financiación efectiva para la restauración de ecosistemas de carbono azul y en un mandato claro para mejorar los datos en las zonas más desatendidas. La evidencia disponible no permite anticipar el resultado de la cumbre, pero el informe deja claro que el océano ya no puede absorber el impacto del cambio climático sin ayuda.
