RUTA 27 · LOW
PRI lidera el rechazo con 55%; Morena retiene 53% de imagen positiva
El PAN registra 48% de imagen negativa frente a 24% positiva y el PVEM, aliado oficialista, 42% contra 23%. Movimiento Ciudadano acumula 30% de indecisos, el mayor margen disponible entre las fuerzas medidas.

AtlasIntel publicó el 16 de octubre una medición de imagen partidista: el PRI encabeza el rechazo con 55% negativo, seguido por el PAN (48%) y el PVEM (42%), mientras Morena mantiene 53% de imagen positiva. El dato no mide voto, pero muestra que el descontento no tiene un receptor opositor claro rumbo a 2027.
La firma demoscópica AtlasIntel difundió el 16 de octubre de 2026 una medición de imagen de las fuerzas políticas mexicanas con un resultado que invierte la intuición más común del ciclo: el Partido Revolucionario Institucional (PRI) encabeza el rechazo ciudadano con 55% de imagen negativa y apenas 1% de desconocimiento, mientras el partido en el gobierno, Morena, conserva el mayor saldo positivo del tablero con 53%. La medición no mide intención de voto, pero ordena el terreno rumbo a la elección federal de 2027: la marca más castigada no es la oficialista, y la mejor posicionada no es la opositora.
Ocho marcas y una asimetría
El levantamiento —que la firma presenta como una radiografía de las ocho fuerzas políticas registradas, sin publicar en el material difundido el tamaño de muestra, el margen de error ni las fechas de campo— coloca al Partido Acción Nacional (PAN) en segundo lugar de rechazo, con 48% de imagen negativa frente a 24% positiva, y al Partido Verde Ecologista de México (PVEM) en tercero, con 42% negativa y 23% positiva. El Partido del Trabajo (PT) registra 38% desfavorable, 22% favorable y 33% de indefinición. Morena suma 53% positiva, 34% negativa y 2% de desconocimiento. Movimiento Ciudadano (MC) aparece con 25% positiva contra 37% negativa y 30% de indecisos.
Las fuerzas emergentes que la medición incluye —Partido PAZ y Somos México— todavía no alcanzan a ser evaluadas: 48% y 34% del electorado, respectivamente, no las conoce, aunque la segunda cuadruplica la simpatía inicial de la primera (12% contra 4%). Hay además un hueco en la propia entrega: el saldo positivo del PRI no aparece desglosado, de modo que su 55% de rechazo se lee sin contraprueba dentro de la misma tabla.
La lectura política
El primer dato que conviene subrayar es metodológico y tiene consecuencia política: imagen no es voto. Un partido en el gobierno con 53% de imagen positiva y 34% negativa, a dos años del inicio del sexenio, no está en posición defensiva en términos de marca, aunque eso no garantice traducción electoral. Lo relevante para 2027 es la asimetría del rechazo. Si el castigo a la principal referencia opositora (55%) y a la segunda (48%) supera el negativo del oficialismo (34%), el voto de castigo existe pero no tiene un receptor limpio: tiene que decidir a quién castiga, y ese es el problema estructural del bloque opositor en la antesala de las intermedias.
El segundo dato es de coalición. El PVEM, que en el Congreso funciona en la práctica como extensión del bloque oficialista, es la fuerza con mayor costo de imagen dentro de ese campo: 42% negativo contra 23% positivo. Los partidos satélite suelen absorber desgaste que la marca central no carga, y la medición es consistente con ese patrón. No hay en la evidencia disponible ningún indicio de que esa alianza vaya a modificarse; lo que hay es un dato de precio que la dirigencia verde tendrá que administrar.
El tercero es de oportunidades. MC es la única fuerza ajena al oficialismo con colchón: 30% de indecisos, el mayor del tablero. Pero su saldo neto es negativo y su piso de simpatía (25%) no se ha movido al ritmo de ese espacio disponible; su narrativa de alternativa no se refleja todavía en afecto medible. Ese 30% es el activo más codiciado rumbo a 2027 y, hasta ahora, el menos capturado.
El caso del PRI merece una nota aparte: con 1% de desconocimiento, no tiene margen para reconstruirse por la vía de refrescar una marca poco conocida. Su problema no es visibilidad, es evaluación consolidada. Eso limita su propio desempeño legislativo y encarece su presencia en cualquier coalición: un socio con 55% de rechazo transfiere riesgo, no votos.
Queda un límite explícito. Con esta evidencia no puede sostenerse que el rechazo se convierta en sufragios: falta intención de voto, falta el desglose territorial y falta precisar a qué registro de partidos se refieren las ocho fuerzas medidas —el material no aclara si corresponde al registro nacional vigente o incluye organizaciones en otra situación jurídica—. Sin esos elementos, cualquier proyección de escaños sería especulación.
Qué sigue
El primer paso verificable es la ficha técnica completa: muestra, margen de error, fechas de levantamiento y diseño metodológico. Sin esos datos, la medición no es comparable con otras series y no permite hablar de tendencia, solo de fotografía. La prueba llegará con una segunda ola: si el patrón de rechazo y de saldo positivo se repite, deja de ser un retrato aislado.
En paralelo corre el calendario. El proceso electoral federal 2026-2027 avanzará hacia la definición de coaliciones, plataformas y registros de candidaturas, con el Instituto Nacional Electoral (INE) como árbitro. Ahí se verá si el bloque opositor discute su liderazgo —la pregunta que estos números colocan sobre la mesa— o si mantiene su estructura actual. Y se verá también si el campo oficialista conserva a sus aliados en la boleta o si el costo de imagen del PVEM entra en la negociación.