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Motocicletas: el 48% de las muertes viales en la CDMX

La SEMOVI reporta 51 fallecidos en el primer trimestre de 2026. La tendencia apunta a superar las 90 víctimas, consolidando a las motos como el principal riesgo vial en la capital.

EN 30 SEGUNDOS

Los accidentes de motocicleta representan entre el 45% y el 48% de las muertes viales en la Ciudad de México, según datos de la Secretaría de Movilidad (SEMOVI). En el primer trimestre de 2026 ya se registran 51 fallecimientos, una cifra que, de mantenerse la tendencia, superará las 90 víctimas mortales para fin de año. Este dato posiciona a los motociclistas como el grupo más vulnerable en el tránsito capitalino, exigiendo una revisión urgente de las políticas de seguridad vial y la infraestructura urbana.

La movilidad en la Ciudad de México enfrenta una crisis silenciosa pero letal que no se resuelve con la simple ampliación de carriles o la mejora del transporte público masivo. Los accidentes de motocicleta se han consolidado como la principal causa de muerte vial en la capital, representando entre el 45% y el 48% de los fallecimientos registrados, según los datos más recientes de la Secretaría de Movilidad (SEMOVI). Esta cifra no es un accidente estadístico, sino el reflejo de un modelo de transporte que ha integrado masivamente la moto como herramienta de trabajo y desplazamiento, sin haber desarrollado las salvaguardas necesarias para proteger a sus usuarios.

El contexto actual es alarmante. Durante el primer trimestre de 2026, la entidad gubernamental ya contabiliza 51 muertes de motociclistas. Si analizamos la trayectoria lineal de estos datos, la proyección indica que la cifra anual podría superar las 90 víctimas mortales. Este escenario convierte a la motocicleta en el vehículo de mayor riesgo en el ecosistema vial de la CDMX, superando ampliamente a los automóviles particulares y a los peatones en términos de letalidad proporcional. La tendencia ascendente sugiere que las medidas actuales de mitigación son insuficientes para frenar la sangría vial.

Para entender la magnitud del problema, es necesario mirar más allá del número. La motocicleta en la CDMX no es solo un medio de recreación; es el motor de la economía informal y de la logística de última milla. Miles de trabajadores dependen de este vehículo para su subsistencia, lo que implica que la vulnerabilidad vial tiene una dimensión social y económica directa. Cuando un motociclista muere, no solo se pierde una vida, sino que se desestabiliza el sustento de familias enteras. La falta de protección adecuada, tanto física como legal, expone a este grupo a riesgos evitables que podrían mitigarse con una planificación urbana más sensible a la realidad del transporte ligero.

Las causas de estos accidentes son multifacéticas. Por un lado, existe una infraestructura vial que no está diseñada para la seguridad de los usuarios más vulnerables. Las calles de la capital, muchas veces estrechas, con baches y sin señalización clara para dos ruedas, crean un entorno hostil. Por otro lado, la convivencia entre motos, autos, camiones y peatones se ha vuelto caótica debido a la densidad vehicular y a la falta de respeto a las normas de tránsito. La cultura de la impunidad en el incumplimiento de las reglas de tránsito agrava la situación, permitiendo que conductores de vehículos mayores ignoren la presencia de los motociclistas en intersecciones y carriles.

Desde la perspectiva de la política pública, la SEMOVI ha reconocido la gravedad del problema, pero la implementación de soluciones ha sido lenta y fragmentada. Se han impulsado campañas de concientización y algunas mejoras en la infraestructura, pero estas acciones no han logrado detener la curva de mortalidad. Es imperativo que el gobierno de la ciudad adopte un enfoque integral que combine educación, infraestructura y fiscalización. Esto incluye la creación de carriles exclusivos o protegidos para motos, la mejora de la señalización horizontal y vertical, y una aplicación más estricta de las leyes de tránsito para todos los usuarios de la vía pública.

Además, es crucial abordar la calidad de los vehículos. Muchos motociclistas operan con unidades en mal estado, sin frenos adecuados o sin equipo de protección personal. Una regulación más estricta sobre la inspección técnica y la obligatoriedad del uso de cascos y chalecos reflectantes podría reducir significativamente la gravedad de los accidentes. La seguridad vial no es solo responsabilidad del conductor, sino un deber compartido del Estado y la sociedad.

Mientras tanto, las familias de las víctimas continúan luchando por justicia y por la implementación de medidas que eviten que sus seres queridos sean parte de las estadísticas. La muerte de un motociclista no debe ser vista como un hecho aislado o inevitable, sino como el resultado de fallas sistémicas en la gestión del transporte urbano. La CDMX tiene la oportunidad de liderar un cambio de paradigma en la movilidad, priorizando la vida sobre la velocidad y la eficiencia sobre la comodidad de los vehículos mayores.

Lo que debemos observar en los próximos meses es si las autoridades tomarán medidas concretas y no solo declarativas. La proyección de 90 muertes anuales es una advertencia clara: si no se actúa con urgencia, la cifra seguirá subiendo. La seguridad vial es un derecho humano básico, y proteger a los motociclistas es proteger a una parte fundamental de la población trabajadora de la capital. El tiempo para actuar es ahora, antes de que la tragedia se convierta en la norma.